
No creí que esa noche, precisamente esa, tus pensamientos traspasaran el umbral de las calles, las paredes, las esquinas, las ventanas, los patios hasta llegar a otorgarme el latigazo impredecible de la lujuria onanística.
Ni siquiera pensaba en ti mientras cenaba. Habían pasado... creo que un par de meses desde el último encuentro que tuvimos. Ya dos meses. Y en ese intervalo nos habíamos olvidado de eso bueno que teníamos, lastimando los recuerdos con palabras sucias, pero de esas sucias que ensucian también el alma.
Ya ni siquiera me quedaban lágrimas.
Me acosté desnuda. No te lo digo para que te pongas cachondo, no esta vez, simplemente hacía calor aquella noche y ya sabes que me gusta dormir con una sábana encima. Agotada pero inquieta, de repente pensé en tus labios. No, mejor no me preguntes por qué. Como invadida de algo que no había sentido jamás, completamente perdida en tu boca irreal, sentía que la sabana luchaba por tomarme.
Moví mis brazos, inevitablemente me abrí de piernas: y sentí tu voz. Sí. Me estabas hablando. Rápido alcancé mis pezones, con los ojos cerrados, duros, enrojecidos por los pellizcos que me obligabas a hacerme.
Dura, perversa, mi mano seguía tus designios que en sueños o qué se yo de donde salían, me decían que siguiera follando lo que hacía ya dos meses tu no podías follarte: mi mente.
Completamente exhausta, mis manos segúían esas órdenes malvadas, apresando mi s muslos, apretando, acriciando ese punto que tanto te gustaba lamer. No, esta vez no era necesario utilizar juguetes, mis dedos como serpientes, llegaban hasta donde jamás en mis noches en vela habían llegado.
Gemía. Sé que gemía. Loca, desatada, como nunca. Eras tú quien me movía.
Estaba desnuda.
Estaba medio dormida.
Y sin dejar de correrme, mojando sábanas, dedos, colchón... sonó el teléfono.
No podía pensar en otros labios, no podía parar, y no quería.
Sólo te escuché decir:
Yo lo sabía.